El problema
Era tímido, le costaba dar su opinión, y cuando atendía a sus pacientes muchos no volvían: no se le entendían las ideas y al hablar le temblaba la voz. Con desconocidos, directamente no podía. Para algo tan simple como preguntar la hora, necesitaba que alguien le acompañara o ir a hablar en su lugar.
En las exposiciones, desde el instituto hasta la carrera, la voz se le quebraba delante de compañeros y profesores, y muchas veces solo recibía burlas o miradas de lástima. Para encajar, se inventó un personaje que no era él. Acabó aguantando de todo sin atreverse a poner un límite.








