El problema
En conversaciones se quedaba en blanco, balbucía o callaba, y solo después, solo de vuelta a casa, llegaban las frases que debería haber dicho. Pasó durante años, en el trabajo, con amigos, con las personas que más le importaban.
Poco a poco dejó de intentarlo. Empezó a conformarse con relaciones que no le llenaban, a no poner límites, a callarse lo que quería. Y eso le fue pasando factura: ansiedad, malestar constante y una versión de sí mismo que no se reconocía.








