El problema
Entraba en conversaciones con seguridad, generaba una buena primera impresión y justo cuando tocaba sostenerla, se quedaba en blanco.
Lo peor venía después: revivir la conversación una y otra vez en su cabeza y entender que, otra vez más, su silencio había decidido por él.
Durante años cargó con la certeza de que su techo profesional no estaba en sus ideas, ni en su conocimiento, estaba en su comunicación.








