El problema
Le costaba meterse en las conversaciones del día a día, hasta con su familia o sus compañeros de clase. Quería aportar, pero le entraba el miedo de que lo que dijera sonara a tontería, y al final se callaba.
Lo notaba en todas partes. En los trabajos en grupo no participaba, en las exposiciones se quedaba trabada, y arrancar una conversación con alguien se le hacía un mundo. Ella misma lo resume con una imagen: se sentía el personaje secundario de su propia película, esa que siempre pasa desapercibida.








