El problema
Hizo decenas de entrevistas en Melbourne. Todas rechazadas. En ese momento lo achacó a la falta de experiencia.
Hoy sabe que no era eso: era que al otro lado de la pantalla veían a alguien que no transmitía ni certeza ni presencia.
En un vuelo a Luxemburgo, un ejecutivo reconocido se sentó a su lado durante horas. Julio no le habló. Ese contacto que podría haber cambiado todo, no existió.








