El problema
Se mudó a Estados Unidos sin saber inglés.
Cuando por fin aprendió el idioma, descubrió que el problema nunca había sido ese: buscaba la salida más rápida de cada conversación para que nadie notara que no sabía qué decir.
La gota que colmó el vaso fue una presentación en clase de Biología. Habló como pudo, sus compañeros se rieron y la profesora no dijo nada.
Ese día tomó una decisión que la acompañó durante años: mejor sola que en evidencia.








