El problema
Su jefe le ponía los turnos más duros y las horas que nadie quería. A sus dos compañeros no les hacía lo mismo.
Ella lo veía y no decía nada. Un día observó cómo uno de ellos le plantaba cara: sin dudar, sin disculparse, con una frase corta. El jefe cedió.
Ahí lo entendió todo: no era el jefe el problema. Era que ella nunca había aprendido a decir que no.








