El problema
En la universidad, alguien se puso por delante de ella en la cola para votar. No dijo nada.
No fue la primera vez. Tampoco la última. Cada vez que alguien le faltaba el respeto, o pedía algo que no le apetecía, o esperaba que pusiera un límite, se callaba.
Ese silencio no era solo incomodidad: le estaba frenando profesionalmente y estaba empezando a costarle dinero.








