El problema
Tenía los argumentos. Tenía el conocimiento. Pero cuando hablaba en reuniones con clientes o frente a otros abogados, le faltaban pausas, estructura y control del ritmo.
Cuando se ponía nervioso, hacía movimientos bruscos con la cabeza que lo delataban.
Un día perdió una venta que sabía que tenía que haber cerrado. Salió del despacho y pagó su frustración con su familia.








